El Diario

París lo acogió durante los últimos meses de vida. Entre 1914 y 1915 su salud se fue deteriorando considerablemente, aunque siempre mostraba una actitud de enorme vitalidad frente a la gente. Porfirio Díaz sufría con las noticias que recibía de México, pero lo hacía en silencio. Jamás externó reproche alguno ni se quejó de su situación.

En el exilio, la vitalidad que le otorgaba el poder, el ejercicio de la autoridad, la adulación de otros tiempos desaparecieron y el caudillo necesario dejó de serlo, para convertirse en un extraño, en un personaje ajeno a sí mismo y a su historia. Su angustia era creciente y en pocos meses envejeció más rápido que en los últimos años.

Desde su salida de México había perdido el sueño; dormía poco; se acentuaron los insomnios y comenzó a sufrir desvanecimientos. Llegó incluso a pasar varios días en cama debido a los vértigos que le provocaba tan sólo alzar la cabeza. Sin embargo, su corazón y sus pulmones -según sus médicos- se encontraban en perfecto estado. El diagnóstico era la falta de irrigación sanguínea al cerebro.



México, devorado por la violencia revolucionaria

El inicio de la Primera Guerra Mundial a finales de junio de 1914, llamó la atención de Porfirio Díaz. Seguía con atención las tácticas de guerra de los países en conflicto, opinaba sobre las estrategias, comentaba las últimas noticias pero no dejaba de sorprenderse de la magnitud del conflicto y su poder destructivo. “Cualquiera que fuese el motivo de la guerra y aun siendo limitada su trascendencia –le escribió Díaz a su antiguo ministro Limantour-, sería lamentable la efusión de sangre, es todavía más sensible una conflagración devastadora de la humanidad. Por desgracia ha comenzado ya potente y sin tregua y sólo hay que elevar nuestros votos porque al fin se haga la paz universal firme y definitiva”.

A mediados del mes de junio de 1915, su doctor le ordenó reposo. Tuvo que dejar las caminatas que realizaba por el bosque de Bologna. Ya ni siquiera se le permitía salir solo. Sus pensamientos entonces se perdieron en el laberinto de su propia historia. En las raíces más profundas de su conciencia. Los paisajes europeos desaparecieron de su mente y de pronto asomó la vieja y querida Oaxaca, la tierra de sus padres, de sus hermanos, de su primera esposa Delfina.

La extremaunción

La memoria del general iba y venía. Los sueños se mezclaban difusamente con la realidad. Recordaba los años en el mesón de la Soledad frente al célebre templo del mismo nombre, el solar del Toronjo, La Noria. Veía los rostros de su madre, de su hermano Félix, de su adorada Delfina.

De pronto volvía a tomar su espada para defender a la república, caminaba por la calle de Cadena rumbo al Palacio Nacional o divisaba el valle de México desde el Castillo de Chapultepec. Cuando recobraba la conciencia, estaba en su apartamento parisino. El día 29 de junio el general se confesó y recibió la extremaunción.

       
   

Condenado al exilio pero su alma
había regresado a méxico

El 2 de julio fue un día lleno de luz. El cielo azul del verano mostraba la belleza de la ciudad monumental. El calor recorría las calles parisinas. Poco después del medio día Porfirio dejó de hablar. Inició un último viaje hacia sus orígenes. De pronto lloraba. Carmelita entonces lo tomaba de la mano y lo consolaba. Su cuerpo estaba condenado al exilio pero su alma había vuelto a México, a su tierra.

Cerca de las 6:30 de la tarde, cuando el sol comenzaba a caer sobre la ciudad luz, los rayos atravesaban el arco del triunfo y la gente se paseaba alegremente por Campos Elíseos, Porfirio Díaz expiró. Lo hizo tranquilamente y en brazos de Carmelita, rodeado por su hijo Porfirio, su nuera, sus nietos y varios amigos. Uno de los generales franceses que lo acompañaron en sus últimos momentos expresó tristemente: “Dos soles que se apagan”.

Tiempo después, Carmelita escribió: “Cuando le cerré los ojos y lo besé por última vez, creí morir también. Realmente el corazón sucumbiría al dolor

Si no sintiéramos dentro de él la seguridad de que esta separación es tan sólo pasajera ausencia, que disminuye todos los días con la esperanza de poder reunirnos con los seres que tanto nos amaron, que han sido nuestra providencia sobre la tierra y a quienes hemos idolatrado también”.

El momento de rendir cuentas

Porfirio fue sepultado en la iglesia de Saint Honoré l’Eylau, un lugar del todo ajeno a su historia. Estaba por cumplir 85 años de edad. En 1921, sus restos fueron trasladados al cementerio parisino de Montparnasse donde continúan su exilio. Al dejar el país en 1911, sabía que llegaría el momento de rendirle cuentas a la historia y a su patria, quizá por eso, en las últimas líneas de su renuncia escribió para el futuro:

“Espero que calmadas las pasiones que acompañan a toda revolución, un estudio más concienzudo y comprobado haga surgir en la conciencia nacional, un juicio correcto que me permita morir, llevando en el fondo de mi alma una justa correspondencia de la estimación que en toda mi vida he consagrado a mis compatriotas”.


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