EL DIARIO

“No se preocupe, triunfaremos, porque toda la razón está de nuestra parte”, comentó confiadamente el presidente Madero a José Vasconcelos, mientras esperaban recibir la noticia de que los sublevados, atrincherados en la Ciudadela, habían sido derrotados. La tensión recorría los pasillos del viejo Palacio Nacional y un amargo olor a traición impregnaba los salones. Posiblemente en aquel difícil trance –el peor de los que había enfrentado el presidente durante su corta administración-, José Vasconcelos era la única persona que verdaderamente estaba con Madero. No por su poder, ni por el cargo o la investidura, sino por la breve pero muy firme amistad que ambos hombres habían iniciado apenas unos años antes, en 1909. Ese febrero de 1913, Francisco I. Madero, confiaba –como siempre lo hizo- en el triunfo de la razón.

Entre Madero y Vasconcelos mediaban casi nueve años de diferencia. Don Panchito –como le decían cariñosamente- había nacido en Parras el 30 de octubre de 1873.Vasconcelos vio la luz, en la colonial Oaxaca un 27 de febrero de 1882, pero la profesión de su papá –agente aduanal del gobierno-, llevó a la familia a vivir por varios años en la población fronteriza de Piedras Negras, donde José pasó toda su infancia y parte de su juventud. Los separaban las edades y algunos cientos de kilómetros de distancia, y sin embargo, por origen y vecindad, ambos eran de Coahuila y conocieron el modo de vida, autónomo e independiente, de los hombres del norte.

La historia reservó un lugar privilegiado para los dos hombres cuando el porfiriato comenzaba su derrumbe. Era el año de 1909 y Francisco I. Madero llegó a la capital de la República y se presentó en el despacho jurídico de las calles de Isabel la Católica, donde ejercía el abogado José Vasconcelos. Era el primer encuentro y fue suficiente, Vasconcelos se adhirió de inmediato al antirreeleccionismo. Su propia crítica a la dictadura no fue el único motor de su decisión; imperó en buena medida, la personalidad de Madero. Hombre sencillo, bondadoso y agradable al trato, Don Panchito contagiaba a todos con su confianza y convicción. El joven abogado vio en Madero una cualidad que siempre admiraría: tenía fe.

Era evidente que existía una mutua simpatía, posiblemente propiciada de manera natural por el bagaje espiritual que ambos hombres tenían arraigado desde temprana edad. Vasconcelos había crecido bajo la devoción y religiosidad de su madre. Madero había encontrado en el espiritismo la fuente moral sobre la cual giraban todas las decisiones de su vida pública y privada. Mas allá de las creencias de ambos, la sensibilidad que desarrolla el hombre que por convicción cree en la existencia de un “espíritu superior”, se manifestó en Madero y Vasconcelos, a través de su respeto irrestricto por la vida humana y todo su poder creador. Por un momento, la religión de ambos fue tan sólo la religión de una patria regenerada que pudiera llevar a la sociedad a transitar hacia su propia evolución y desarrollo.

 
 

A partir de entonces la actividad política fue sólo un pretexto para entablar una estrecha amistad. Cuando Madero viajaba a la capital, procuraba reunirse con Vasconcelos. En un primer momento le vio dotes de orador, pero poco después descubrió la verdadera vocación del joven abogado: era notable su manejo de la pluma y le encomendó la dirección del periódico El Antirreeleccionista. “Dígale a Vasconcelos –escribió Madero- que ya sabe que todo lo que él escribe me gusta por la serenidad y el reposo que revela. [Sus] artículos le honran a él y a nosostros nos prestigian”. El abogado oaxaqueño era, sin lugar a dudas, la gran carta intelectual del maderismo.

La figura de Madero tomó otra dimensión ante los ojos de Vasconcelos, cuando el jefe de la revolución renunció a ocupar la presidencia como caudillo vencedor y optó por llegar a ella a través del voto popular. El sentimiento fue recíproco. Madero debió admirar en su amigo la decisión de no aceptar ningún cargo en el gobierno interino para no darle más argumentos a los enemigos de la revolución.

Desde los primeros días de la nueva administración comenzaron los ataques encarnizados de la prensa capitalina. Por su amistad con Madero, Vasconcelos también fue víctima de la crítica sin razón. Irónicamente le llamaban el “supermuchacho”; lo acusaban de hacer negocios con Gustavo Madero y beneficiarse de su amistad con el presidente.

 
 

Alejado del gobierno, Vasconcelos se convirtió en una especie de consejero del presidente Madero. Varios días de la semana se les veía conversar mientras caminaban tranquilamente por las calles de la ciudad de México. En otras ocasiones, Vasconcelos acudía al Castillo de Chapultepec a desayunar con el presidente y su esposa, doña Sara Pérez. Luego de los alimentos se tomaban algunas horas para comentar las noticias del día. No faltaban los paseos dominicales a caballo, donde Madero dejaba en claro que pese a vivir en la gran ciudad de México, no olvidaba las artes del buen jinete aprendidas en sus años de juventud en Parras y San Pedro de las Colonias.

A los ojos de la sociedad mexicana –acostumbrada al servilismo de la dictadura- Madero parecía todo, menos un presidente. No usaba escoltas ni hacía ostentación de la investidura; no abusaba del poder, ni era autoritario, y sin embargo, “toda una sociedad podrida -escribió tiempo después Vasconcelos- parecía resentir nuestro esfuerzo por regenerarla. Y en efecto ¿a dónde iban a parar cien años de historia sombría si de repente un Madero, sin hazañas de sangre, levantaba el nivel nacional, iluminaba los bajos fondos de nuestro destino?”

Extrañaba ver al presidente asistiendo al teatro, a los museos, a la temporada de conciertos y conmoverse con la obertura 1812: “él, que era un creyente del pueblo, un enamorado de sus entusiasmos y epopeyas, reconocía en aquella música la gloriosa aventura reciente del pueblo mexicano” apuntó Vasconcelos. Al parecer no agradaba un “hombre fuerte con generosidad”, ni un soñador y mucho menos un humanista, virtudes todas que reunía Madero. No pocos murmuraron que las lágrimas arrojadas por el presidente en los funerales de Justo Sierra en septiembre de 1912, eran contrarias a la dignidad de su cargo.

Aquél 12 de febrero de 1913, en que esperaban la rendición de los sublevados, Vasconcelos se encontraba con Madero. Fue la última vez que Vasconcelos vio a su amigo. El día 18, Madero y Pino Suárez fueron aprehendidos en Palacio Nacional y el 22 de febrero fueron asesinados por órdenes de Victoriano Huerta.

Al enterarse del magnicidio, Vasconcelos lloró amargamente. El resto de su vida lamentaría el sacrificio que la nación mexicana había cometido y buscaría –sin suerte- reivindicarlo en las diversas instancias del poder que llegó a ocupar. Años después, Vasconcelos escribió: “México y todos sus hijos volvíamos a entrar en la noche... De la penumbra saldría Madero, limpio y glorioso, cometa rutilante de la historia patria. Pero la nación caería en abismos que todavía no sobrepasa”.

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(Alejandro Rosas)