El Diario

Es hasta febrero de 1911 que Madero llega a este punto fronterizo. Entra por Isleta, hace su primer mitin en Guadalupe Distrito Bravo, agarra camino para Villa Ahumada y de ahí a Casas Grandes.

“Ellos pensaban que en Casas Grandes podían establecer alguna especie de gobierno autónomo, pero no, ahí tiene su primera derrota militar”, refiere el experto.

“Se van más hacia el centro, a la hacienda de Bustillos, cerca de ciudad Cuauhtémoc, que era administrada por el tío de Francisco I Madero, Alberto Madero. Ahí se replantean las cosas y los chihuahuenses le dicen a Madero que lo que tiene que hacer es regresarse a la frontera y tomar Ciudad Juárez”.

La razón, explica Siller, es muy sencilla. Si se tomaba Juárez se estrangulaba todo el sistema ferroviario que une a México con Estados Unidos.

Custodiado por las figuras de Francisco Villa y Pascual Orozco, y un ejército numeroso de hombres comprometidos con la causa, Madero regresa a Juárez a mediados de abril y se establece en Anapra, en la llamada ‘Casa de Adobe’ o ‘Casa Gris’.

Para este momento, Porfirio Díaz se da cuenta de la importancia del punto geográfico donde amenazan con librar una batalla y se inician una serie de negociaciones.

“En ese momento a Díaz no le queda más que negociar y se hacen las conferencias de paz, pero por otra parte le pide a Estados Unidos que por favor agarre preso a Madero, que lo detenga, y la reacción norteamericana es no”.

Mientras los miembros del ejército federal y los revolucionarios se mantenían en guardia uno frente al otro, el escenario en la ribera del Bravo era agitado por el ir y venir de soldados, políticos, reporteros, espías, vendedores, mercenarios y curiosos que ya vaticinaban la sangrienta batalla.



El número de elementos en los dos bandos era muy desigual. Madero llega a tener 3 mil gentes, en cambio, las fuerzas federales se contaban en poco más de 600. Esta superioridad numérica de los revolucionarios nunca es prevista por Díaz, quien en un principio le restaba importancia al suceso puesto que no creía en el descontento de la gente.

Según Siller, como todos los políticos, el dictador “terminó por creerse sus propias mentiras”.

¿Pero de dónde salió toda esa ‘bola’ de aguerridos hombres que pugnaban por la justicia social? Los implicados en la batalla de Ciudad Juárez vinieron de la sierra, otros regresaron del norte a donde habían ido a trabajar a las minas, y muchos otros llegaron del sur.

“Se suben (al tren) miles de gentes del sur, de Jalisco, de Zacatecas donde las minas ya no funcionaban y estaban sin trabajo. Del Distrito Federal, de Puebla, porque el gran auge económico está aquí y desde 1900 en adelante son miles de gentes las que se van acercando”.

“Básicamente es gente del sur, muchos estaban trabajando en las minas de Estados Unidos y cuando les dicen que Madero y los chihuahuenses están aquí, que van a atacar Ciudad Juárez, se vienen miles de mexicanos porque van a regresar a su país”, afirma el catedrático.

Añade que el enorme ejército estaba conformado por jóvenes que dispersos, gente sin familia, sola, “esos eran los de ‘la bola”.

“El que pelea en combate es el que vino solo a buscarse la vida, el que está de minero y le dicen ‘oye Madero va a tomar Juárez’, ‘pues vámonos con Madero”.



Pedro Siller continúa el relato y se centra en el inicio de la batalla:
“De repente hay un momento difícil el 7 de mayo, hay una negociación
en la que le piden a Madero que se retire otra vez con sus tropas
a Casas Grandes”.

El líder se reúne con su gente a hablar del asunto. Garibaldi, Orozco, Villa le dicen que no. Al día siguiente empieza la batalla sin la autorización del líder.

“Hasta ese momento Madero le tenía mucho miedo a las armas, era de los que creían en el diálogo, pero también tenía miedo de no poder controlar a su gente en el momento de la entrada a Ciudad Juárez, que se produjeran saqueos”, comenta Siller.



Entonces llegó el momento. Los insurgentes maderistas iniciaron la provocación y al ejército federal no le queda más remedio que responder.

“A los federales les dan la orden de jamás disparar hacia El Paso y lo que hacen los revolucionarios es que van avanzando por las riberas del río de tal manera que queda El Paso a espaldas de ellos.

Van entrando a la ciudad por las callecitas como la Lerdo y toman la ciudad”. Los juarenses por su parte, apunta Siller, vivían con miedo la ocupación militar y repudiaban a los federales.

En cambio, simpatizaban con las fuerzas rebeldes “en primer lugar porque hay un descontento fuerte contra Porfirio Díaz”.

“Con los revolucionarios venía toda esa gente que había tenido que irse al exterior a buscar la comida que le negaban en su país.

Es interesante que los federales habían hecho barricadas y a la hora que empieza la batalla se dan cuenta que no servía de nada porque los juarenses les disparaban desde las azoteas de las casas, los juarenses les abrían la puerta a los revolucionarios para que pasaran por el patio”, relata.

Se escucharon detonaciones durante todo el día. La batalla se extendió por el área de Anapra. La confrontación se concentró en el centro de la ciudad, prendiendo el fuego del triunfo en lugares contiguos a la Plaza de Toros, la avenida Juárez y la entonces Aduana Fronteriza.

Rendidas las fuerzas federales, la victoria se la adjudican los revolucionarios y su líder la tarde del 10 de mayo.

La euforia es colectiva y hasta los paseños se unen a la celebración. Con ese triunfo se esperaba la pronta caída de la dictadura, lo que finalmente se pone en papel el 21 de mayo al firmarse los Tratados de Ciudad Juárez por parte de los representantes de ambos bandos.

“Los Tratados de Paz se firman en el puente Santa Fe. Ahí había una garita de aduana, y entonces Francisco Vázquez Gómez dice que se juntan en la garita en la base del puente y ahí firman el tratado donde Díaz promete que pronto se irá.

Como dice ‘junto a la aduana’, muchos lo malinterpretaron y pensaron que se había firmado en el edificio de la Aduana, pero no, es junto al puente donde había una casetita”, aclara enfático Siller.

Con el acuerdo firmado, por fin se da término a la era del dictador Porfirio Díaz, lo que desata el gozo de las mayorías
en todo el país.

“De repente el país se llenó de estallidos. La importancia de la batalla de Ciudad Juárez es que es el momento en que todos se convierten en revolucionarios”.

Apasionado en el tema, Siller expresa con aire jubiloso que tras la toma de Juárez se creó una comunión de alcance nacional.




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